La Busca
Paloma Rodríguez del Castillo
Escucha el poema. Después, desciende.
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Narrar una relación desigual y eterna, como la que mantienen desde el inicio de su historia común el agua y el hombre, puede convertirse en una tarea épica, un desafío, un esfuerzo de dudosa recompensa.
¿Cómo describir a quien es madre y verdugo, y a quien es solo víctima, aunque a veces se crea vencedor?
Cuando, en una batalla, la balanza se inclina siempre de una parte, ¿qué da fuerzas al eterno perdedor para levantarse una y otra vez sin desfallecer?
Será la vanidad. Por su causa, el hombre levantará presas, cambiará el curso de los ríos, ganará tierras al mar, construirá acueductos e ingenios que le ayuden a encontrar el bien preciado.
¿Será la necesidad de adorarla? Así la convertirá en diosa: Ahurani, Anfítrite, Salacia, Ran, Decerto, Coventina, Atabei, Yemayá, Oxum, Chalchiuhtlicue...
¿Será que la necesita para purgar sus pecados en pilas bautismales, ríos sagrados, termas y hammanes?
Entre el amor y la furia, solo una realidad: la busca. Condena y bendición. Ese es el destino del hombre frente al agua, que he querido representar con cuatro elementos: vidrio, arena, restos de un bosque y un rudimentario artefacto de cobre apuntando, directamente, a la esperanza.
Hay una pregunta que el ser humano se ha hecho desde el principio. No es filosófica. No es abstracta. Es la más elemental de todas: ¿dónde está el agua?
Antes de levantar ciudades, antes de trazar caminos, antes de nombrar las estrellas, hubo alguien arrodillado sobre la tierra, escuchando. Buscando ese latido invisible bajo las capas de arena y piedra. El agua no se ve. Se intuye. Se busca con fe y con ingenio, con un péndulo y una cadena, con los ojos cerrados y la mano tendida hacia el suelo.
La Busca nace de esa imagen ancestral.
El péndulo suspendido sobre la arena
La Busca — Vista completa
«No quería utilizar medios habituales — pinceles, pinturas, lienzo. Tenían que ser materiales con los que el agua esté familiarizada... el bosque, la arena.»
— Paloma Rodríguez del CastilloUn cilindro de vidrio se alza como un fragmento extraído de la tierra. Dentro, capas de arena de distintos tonos y texturas se superponen — ocres, grises, blancos, sienas — como un corte geológico que revela los acuíferos ocultos bajo nuestros pies. Es la tierra en sección, la memoria mineral del suelo.
Sobre el cilindro, una corona vegetal: musgo, líquenes, corteza, restos de bosque. La superficie del mundo. Lo que pisamos sin pensar, lo que cubre y protege el misterio de abajo.
Y del centro de esa corona, suspendido por una cadena oxidada, cuelga un péndulo de metal. Apunta hacia abajo. Busca. Como lo han hecho durante siglos los zahoríes — esos buscadores de agua que recorrían los campos con varas de avellano y péndulos de bronce, sintiendo en su cuerpo lo que la tierra escondía.
Musgo, líquenes, restos de bosque
Los estratos: la memoria geológica del agua
La decisión de abandonar los medios pictóricos convencionales no es casual. Es una declaración. Si la obra habla del agua, los materiales deben hablar su mismo idioma. La arena conoce el agua. El bosque la retiene. El metal la señala. El vidrio — transparente, frágil, contenedor — permite que veamos lo que normalmente permanece oculto: las capas del mundo bajo la superficie.
La pieza es un acto de fe materializado. Un objeto que dice: aquí abajo hay algo. No lo vemos, pero está. Y llevamos toda la historia de la humanidad buscándolo.
- Título
- La Busca
- Artista
- Paloma Rodríguez del Castillo Martín
- Técnica
- Instalación escultórica. Elementos naturales — arena, restos de bosque, musgo, líquenes — combinados con ingenios básicos fabricados por el hombre: péndulo metálico, cadena, cilindro de vidrio.
- Dimensiones
- Aprox. 20 cm Ø × 90 cm altura
- Concepto
- La relación hombre-agua desde el inicio. La eterna búsqueda. La supervivencia.
- Exposición
- AQUAM — Los caminos del agua
Museo Teatro Romano de Cartagena
Abril – Julio 2026